Adiós, Pingüino

– Newsletter #7 –

El jueves 22 de octubre del 2020 murió Alfredo Serra. Lo digo con precisión periodística porque el dato -enseñó- es el oxígeno de la profesión. Si existe una galaxia que se configura con los grandes maestros que nos convirtieron en quienes somos, en esa galaxia Alfredo es la Osa Mayor. Gracias por tanto, maestro.

Alfredo Serra, periodista

Ayer murió Alfredo Serra. Muchos tal vez no lo conozcan. No me sorprende, aunque fue, de todos nosotros, el mejor. Nosotros, quiero decir, los periodistas. Muchos -todos- nos formamos bajo su paraguas. No es solo metáfora: Alfredo andaba de acá para allá vestido siempre como un detective inglés, con piloto y paraguas en mano, a veces con gorro de cazador de estampado escocés, siempre un libro bajo el brazo.

Apenas te encontrabas con él, sabías que la primera ronda de la conversación -podían durar más que una partida de TEG- sería alrededor de ese libro que llevaba consigo en ese momento. No se podía resistir a expresar un juicio. Maravillado a veces, impiadoso otras. Cuando algo le parecía mal escrito, nada detenía su maldad. Pero era solo por el vértigo de la conversación, que él bien manejaba.

Su pluma -llena recursos, firuletes asombrosos y palabras burbujeantes (¿quién dijo que la literatura no es champagne?)- fue la mejor del periodismo argentino. Del último tiempo, sin dudas. De todos los tiempos, top ten.

Alfredo en Vietnam del sur durante la guerra. Fue enviado por el diario Crónica.

No descansó nunca en su talento: Alfredo vivió todo antes de ponerse a escribir -y durante, más bien-. Cubrió guerras (se ufanaba de los peligros que atravesó en Vietnam), salió en busca del avión de Viven -y en plena cordillera, bajo la nieve indistinguible, lo encontró-, buscó y entrevistó nazis en América. Pero nunca bailó la rumba. Decía -en realidad, le dijeron en alguna nota- que el solitario no la baila. 

Esa soledad, la del escritor, la vivió con enamoramiento. Se encerraba en su oficina y escribía. Él y un whisky. Nunca se llamaba escritor sino tan solo periodista. Era, sin dudas, las dos cosas, pero en su mundo -nació en los 40- no quedaba bien decirlo. 

Ayer, a sus 81 años, murió. Para conocer al detalle su obra y algunas de sus notas más impresionantes, recomiendo mucho leer esta nota homenaje que escribió Hugo Martin en Infobae. 

Pero yo quería recordarlo con algunas palabras propias. A veces, presos de una mitología inventada, nos aferramos a estos rituales: al escritor se le dice lo que ese escritor nos dijo. ¡Qué pavada! Pero qué pavada necesaria.

Dije al principio que muchos tal vez no lo conocieron. No es extraño, de algún modo lo buscó: nunca quiso dedicarse a otra cosa que no fuera escribir. Sabía que su fama sería menor a la de los grandes conductores de radio -me consta que le ofrecieron conducir más de un programa en una radio importante, y no quiso-. Sabía que su nombre sería de culto -tan solo un culto- si no pasaba nunca por la tele, y así lo quiso. Siempre estuvo dedicado a la próxima nota. (Sin embargo, al final, dejó un librazo donde recopila muchas de sus historias: El solitario no baila la rumba..

Alfredo junto al avión estrellado en los Andes (historia luego retratada en la película "¡Viven!"). Lo mandó a buscarlo Chiche Gelblung -director Revista Gente en ese entonces- y Serrá lo encontró. Los 16 sobrevivientes decían que Alfredo era "el 17".

Compartí con él siete años de redacción en Revista Gente. Era, para quienes entrábamos, una referencia absoluta. Cuando una nota se enmarañaba, nos mandaban a hablar con Serra. Subíamos al cuarto piso, tocábamos su puerta, y nos recibía con whisky literatura. Podíamos pasar ahí dentro muchas horas.

Una vez lo grabé. Le hice, yo a él -qué descaro- una entrevista. El tiempo, que entiende de eternidad, quiso que el disco rígido en el que la guardé dejara de funcionar el mismo día en que lo hizo él también.

En el año 2012 publiqué mi primera novela. Tímido, le pedí que me escribiera el prólogo. Lo hizo con el mismo entusiasmo con que enfrentaba las mejores notas. Las suyas son, sin lugar a dudas, las mejores páginas de ese libro. Al pie de su texto, firmó como más le gustaba: Alfredo Serra, periodista.

Eso era. Tenía casi setenta años cuando lo conocí. Ya había hecho todo, pero seguía. En los cierres, a veces me tocaba quedarme hasta las tres o las cuatro de la madrugada. No era extraño salir de la editorial y encontrarselo a él, yéndose también en esas horas solitarias. Qué locura, pensaba, qué necesidad, qué estupidez incluso. La lección -que siempre llega, decía- llegó: doce años después comprendo esa pasión por el periodismo.

Yo también construí para mi un libreto de lo que quiero: contar historias y vivir de manera extaordinaria. Quedarme hasta cualquier hora, porque eso es estar vivo, y no dejar que un texto se vaya así nomás, sin haberle dejado un pedazo de alma. Yo también comprendí cuánto tiene de misión eso que al principio era un berretín.

Comprendí con él muchas cosas, y que para ser grande tal vez no haya que buscar la grandeza sino tan solo tener ese cuarto propio en el que ser un desquiciado que hace lo suyo con más amor, con más uña y con más sangre que cualquiera. Aunque el precio -puede parecerlo- sea caro: una vida en la que nunca, ni por un segundo, puedas detenerte a bailar la rumba.

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