Amor propio y gordofobia

– Newsletter #5 –

Amigos y amigas preocupadas por el mundo

Hoy es un envío importante para mí. Lo vengo postergando desde el viernes, cuando terminé la primera versión de este texto pero después decidí esperar para incluir el nuevo episodio de Edición Cuarentena, y una cosa llevó a la otra y la carta se terminó convirtiendo en un ring donde boxean lo bueno y lo malo de la vida.

El texto es sobre cosas que me hicieron bien en la semana, el episodio es sobre la Gordofobia (que nos hace mal todas las semanas de todos los años de todas las década, aunque tal vez no de todos los siglos). Pasen y vean, y ojalá al final seamos un poco menos gordofóbicos de lo que desgraciadamente somos.

Las cosas que nos hacen bien en esta vida

La escritura nos fue dada no por dicha sino por adversidad. Llegamos a ella para compensar el error de código de la vida, nunca para celebrar la existencia de ese código. Escribir sobre lo feliz no es más dificil, es antinatural: un ejercicio de la excepción. 

Eso es lo que estoy haciendo hoy. Resulta que en mi edificio alguien entró en obra y el concierto de taladros y martillos configuraron la última gota posible en la locura de la cuarentena. Así que aproveché el nuevo protocolo y me lancé a la calle a buscar un bar, una mesa donde lamentar una vez más la forma de este mundo. 

Sin embargo, sucedió la maravilla. Escribo esto sentado en ese bar mirando hacia el frente. Veo una plaza con cintas de peligro que varios chicos usan como delimitaciones para sus juegos, como obstáculos fantásticos de su galaxia. Escucho ruido de pájaros, se los juro, combinado con la música de los ochenta que sale de los parlantes de este bar. Pasan autos y motos. Los veo ir sin darse cuenta de mi felicidad. Y tomo un café con leche, ¿comparten la emoción de un café con leche a cierta hora de la tarde?

Hay solo otra mesa ocupada. Un hombre de barba toma agua de una botella junto a su mujer, que come una ensalada. Las mozas son venezolanas y se rién detrás de sus barbijos, no sé de qué, pero tienen razón. Una de ellas me sacó esta foto, porque suelo olvidarme de los momentos de alegría y a veces hay que pelearle a la contra.

Hace unas semanas empecé a asistir a un taller (vía zoom). Una de las últimas consignas fue escribir sobre las cosas que nos hacen bien en cuarentena. Fue justo en la semana del caos para mí, pero me dije que debe existir también un periodismo de lo luminoso. 

Y empecé a enumerar para mis adentros. Luego, para mis afueras. Ese mismo día había entrevistado a Javier Parisi, el John Lennon de Lanús. No fue una nota de las importantes digamos. Es una manera un tanto romántica y tonta eso de separar las cosas entre lo importante y lo superfluo, pero me es natural, subconsciente. 

El Lennon de Lanús básicamente es una persona que nació en 1980 (el mismo año en que asesinaron a Lennon), pero en el conurbano bonaerense. De chico era fanático de Los Beatles: según me contó aprendió inglés para poder cantar sus canciones. Y a los 17 años un amigo le hizo notar que era igual a John Lennon. Javier no se atrevió a contradecirlo, realmente había un parecido. Pero un parecido verdadero, no como el Paul McCartney del capítulo de Los Simuladores. 

Desde entonces, dedicó su vida a ser él: John Lennon. Sus canciones serían las de John; sus looks, los de John; sus ideas, las de John. Pero sin ser John, claro está, y esa es la fatalidad final de toda historia de parecidos: al final no somos. Capaz por eso es siempre un poco triste ver imitadores o shows tributo: porque visible o no, sabemos que ahí está laliendo la pregunta de quién soy. ¿Y quiénes somos? ¿Estamos viviendo nuestra vida o tratando de parecer John Lennon? Me lo pregunto todos los días, mientras recorro la ilusión del camino propio.

Y a pesar de todo, uno ve la foto y no deja de impactarse: realmente es idéntico. Si quieren leer la nota, se las comparto acá. Capaz hay en esta colonia un fanático de Los Beatles de los que nunca faltan.

Pero volvamos a las cosas que hacen mal

Decía antes que enumeré para mis adentros lo que hace bien. Hubo algunas cosas más, ya no sé si las recuerdo. Voy a seguir pensando en ellas y capaz vuelva a escribir sobre eso en un próximo envío. Pero tampoco hay que dejarse llevar por el optimismo, el mundo es un lugar hostil y lo sabemos. Ya lo era antes de la pandemia, ni hablar ahora.

Sobre una de las más indiscutibles hostilidades de nuestra sociedad trata el nuevo episodio de Underperiodismo Edición Cuarentena: la gordofobia. Es un tema al que llegué después de muchas charlas con Beltrán, un amigo modelo plus size y activista gordo, con quien siempre discutimos. 

Tenemos un punto de acuerdo: todos somos gordofóbicos. No lo somos a conciencia, no lo somos por maldad, pero lo somos. Nos parece más extraño el amor propio en un cuerpo gordo que un cuerpo flaco con un poco de celulitis. Y si alguno ahora está pensando: “y… lógico”, es justamente porque habitamos en la cultura de la delgadez.

Sin embargo, los discursos de amor propio y body positive surgieron primero de grupos de activistas gordos que dijeron, sin que nadie los escuche, queremos vivir en el cuerpo que tenemos. 

Es mucho lo que aprendí conversando con Beltrán, y es mucho lo que aprendí haciendo juntos este episodio que, creo, es el mejor desde que arranqué con este programa. Esto es también una forma de fatalidad: ¡el mejor episodio es uno en el que ni aparezco!

Tendré que aprender a vivir con mi sombra, decía una canción por ahí. Les dejo acá abajo el capítulo. Para verlo, hagan click en la imagen.

Si llegan al final van a ver que Beltrán propone un desafío. Los invito a hacerlo si les divierte, y les adelanto que ya muchas personas lo hicieron. Beltrán decía que las modelos o influencers ni por asomo se iban a animar a subir fotos de cuerpos gordos a sus redes. En esta tuve razón yo y acá abajo les dejo la evidencia:

¿La yapa? A una de las activistas gordas que compartieron le cerraron la cuenta. ¿Por qué? Porque pone siempre en evidencia su gordura y recibe, de resultas, multiples denuncias de usuarios que la acusan de tener malas prácticas (llámese mala práctica a mostrar la panza con orgullo).

Gracias por haber llegado hasta acá, si es que llegaron. Miren el video si tienen un rato. Compartanlo si pueden y quieren. El mundo va a empezar a ser un poco menos hostil cuando… bah, no sé si el mundo va a ser menos hostil alguna vez.

Ya lo dijo Calvino, tenemos dos caminos: o nos hacemos parte del infierno hasta dejar de verlo; o identificamos quién y qué -en medio de infierno- no es infierno, y hacemos que dure, y le dejamos espacio.

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