La trilogía del periodismo

1. El periodismo que murió

Soy -como el ser humano- un ser social. Me gusta pasar por las redacciones y comentar las notas, discutir algún título, criticar lo que no me gusta y que me critiquen y reírme y hablar en voz alta hasta que algún periodista más responsable me mira de costado como pidiéndome que me calle o me vaya. Me gusta todo eso.

Uno de mis maestros cuando empecé me invitaba cada tanto a su despacho para conversar sobre alguna nota difícil que me asignaban y sacaba una botella de whisky de un cajón y me ofrecía. Así nomás, sin hielo, en un vasito de plástico que traficaba desde el dispenser de agua. En esa época ya no le permitían tomar en la empresa y para él, obediente después de todo, lo clandestino de su técnica no era una degradación sino un paso a un nuevo mundo. Yo lo veía -toda una institución como era- y no entendía por qué escondía esos vicios que al fin y al cabo lo habían convertido en el referente que era.

Yo iba mal vestido a trabajar. Un día me vio y me dijo que tenía que tener una camisa siempre a mano porque si a un presidente de golpe se le ocurre darnos una entrevista y soy el único que está en la redacción y tengo que ir yo, no puedo no tener una camisa. Por supuesto que esa oportunidad nunca llegó pero aprendí que el periodista tiene que estar siempre listo para entrar en un mundo distinto al suyo de un momento a otro y sin preparación. Aprendí que antes que el carácter estaba la empatía en todas sus formas, incluso en variante de la moda. Desde entonces siempre tuve una camisa en el cajón.

Eran los últimos tiempos de las redacciones emblemáticas y aún se fumaba bajo techo sin consideración por el otro y se tomaba y se decían cosas grandilocuentes y barbaridades. Todavía existían las grandes verdades. Pero eran los últimos tiempos. Yo tenía unos veintitrés años y lo absorbía todo. Horas y horas de charlas. Me gustaba escuchar. Me gustaba ser el pibe. Me gustaba tener cierres hasta la madrugada y dormir oculto en un sillón de decoración del estudio de fotografía. Me gustaba ese mundo que se iba sin que lo supiera.

Y un día abrí los ojos y el periodismo era otra cosa. Pero eso será para un próximo texto, porque en ese mundo en el que desperté todo era breve y conciso y ya nadie fumaba en las redacciones ni tomaba alcohol y había que dejar ir al lector, no atraparlo, apenas chocar los cinco con algunas palabras karatecas y liberarlo. Eso hago ahora, pero aún quedan cosas por decir.

2. El periodismo zombie

Hace poco un periodista muy reconocido me dijo que lo habían echado de 20 medios distintos y que ahora en todos sus trabajos tiene una calma inmensa porque ya sabe que sea donde sea, también lo van a echar. Eso lo deja tranquilo porque finalmente puede ser quien es, sin miedo.

Yo no soy así, y lo digo como confesión de cobardía. Yo prefiero decir bueno, alejarme de la batalla silenciosamente, y publicar lo “incómodo” en mis propias redes. Siempre creí que la duda es una de las formas de la inteligencia (lo decía Borges) y me cuesta mantener una pelea de criterios porque aún en la mayor de las convicciones, tengo dudas. Entonces prefiero errar solo, y defender mi independencia.

Me formé para conocer las historias desde terreno y para volcarlas al papel en una redacción. Pronto, el papel dejó de ser importante. Pronto, las redacciones como base -para mí- se volvieron contraproducentes. Pasa lo siguiente en el mercado periodístico hoy: los jefes quieren tener a los periodistas en las redacciones para sacarles el mayor jugo posible. El jugo, en su medida, es cantidad de notas.

Un reportaje hecho con los pies en la tierra es poco eficiente: en la lógica del “contenido” más vale publicar a destajo y hacer con toda la madeja de artículos algo así como un gran artículo, pero todos con un url diferente para sumar clicks y tiempo de sesión y minutos y demás. Es un modelo en el que puedo trabajar, puedo hacerlo con relativa eficacia y en ocasiones he visto que salen cosas valiosas. No soy de los que reniega de la industria hoy, es más, suelo ser un firme defensor. Pero es un modelo que, mi verdad sea dicha, no me hace feliz ni me deja realizado al final del día.

Por eso elijo ser independiente, para hacerme cargo de la propia ineficiencia que supone mi manera de trabajar.

Escribir en un medio hoy es ir atrás de la agenda de un editor, que a su vez va atrás del click, que a su vez puede estar atado al morbo o al fast thinking (y a la apariencia de profundidad), o directamente caer en la trampa de que la agenda la imponga el fake. Hacer periodismo en ese marco es un oxímoron: dedicarse a descubrir lo que no era en lugar de buscar lo que sí es. Una verdad, al final del camino; un periodismo como excusa para pasar por esta vida.

La otra pata del problema es la línea editorial. En lo personal nunca tuve problemas con eso. Solo una vez me llamó un viejo gerente de Editorial Atlántida para pedirme que me fijara lo que estaba tuiteando porque cierto Jefe de Gabinete de bigote había llamado para putear. (Yo tenía 25 años, 320 seguidores y una irrelevancia notable, pero el hombre de bigote era meticuloso). Por lo demás, no tuve situaciones incómodas. Esto en parte se debe a mi propia falta de provocación: no soy bueno haciendo cosas que sé que al otro no le van a gustar o que lo van a poner en un lugar incómodo. Eso prefiero hacerlo cuando soy el único responsable e implicado. Tal vez debiera ser más peleador, incomodar más a mis editores, pero es algo en lo que simplemente no soy bueno. Un defecto, al fin y al cabo.

Conocí periodistas increíbles en aquellas redacciones cuya principal virtud no era su forma de escribir o las notas que conseguían sino el hecho de que estaban dispuestos a pelearse a muerte con un jefe por sostener lo que ellos verdaderamente pensaban. Son el tipo de periodistas que los malos editores odian tener, y los que los buenos editores valoran (aunque más no sea secretamente).

A mí siempre me costó encajar en las estructuras y muchos me detestan por eso, o por mi “alma libre”, como le dicen (el término no es mío, yo pienso que tengo un alma encadenada y un poco caprichosa, pero ni remotamente libre). Otros editores me respetan, a mayor o menor distancia. Otra, la que más me conoce y entiende, negocia conmigo incluso cuando no me doy cuenta y saca de mi todo lo que puede y cuando ve que me agarran mi raptos de libertad o me obsesiono con una nota me da espacio y me deja ser.

Pero los que no, se enojan con que haga de mi vida mi propia historia. Aquí entra en escena otro de los grandes asuntos -y a mi parecer, problemas- del periodismo independiente: la demanda de exclusividad incluso para los freelancers.

Tiene cierta lógica que los periodistas que son parte de un staff solo puedan escribir para ese medio porque de algún modo conforman un equipo cerrado en busca de un objetivo común. No digo que esté bien -para mi no lo está- pero entiendo que tiene lógica. Ahora bien, ¿por qué esa manera de pensar se extiende a ciertos colaboradores? ¿Por qué molesta que uno, que expresó la voluntad de trabajar independiente (con todo lo bueno y lo malo que eso implica), publique en diferentes lugares según el caso?

Muchos consideran que las audiencias consumen de manera lineal y que los celos que operan entre redacciones operan también en la audiencia. Así, piensan que es extraño ver un trabajo de un colaborador en un medio y después en otro. Yo creo que si alguien conoce el trabajo de un periodista por una nota de, supongamos, Anfibia… y le gusta ese trabajo y ese periodista, tal vez lo empiece a seguir en redes y cuando publique en, supongamos, Cenital, va a llevar un público nuevo al medio. A su vez, lo va a descubrir el público de Cenital y cuando vuelva a escribir en Anfibia va a llevarle esa otra nueva porción de público. Un círculo virtuoso y lógico porque, por otro lado, a la audiencia le importa bien poco la interna de quién firma dónde.

Las notas son notas: su valor es su existencia, no la firma que las acompaña. Punto. 

Cuando hay valor en la firma en sí es cuando se produce la famosa fidelización. Los que son exclusivos de un medio, llevan al medio el premio de esa fidelización, porque solo escriben allí. Los que son independientes explotan ellos mismos -o debieran hacerlo- el premio de la fidelización, porque de algo debe valer la apuesta de ser independiente y no tener obra social, ni vacaciones ni sueldo ni demás.

Estamos mitad fuera, mitad dentro; mitad vivos, mitad muertos. Zombies peleando a la contra, buscando mendigar un premio, un trabajo bien pago, un cachetazo de ángel que nos haga sentir que vale la pena esa independencia.

Hasta que un día nos despertemos y el mundo sea otro. Un mundo en el que un periodista tiene las herramientas para ser su propio medio, y para generar una relación de valor con la audiencia, directa, de ida y vuelta, verdadera.

Pero eso creo que depende de nosotros y lo desarrollo en el final de este texto. Un poco más y ya termino.

3. El ascenso del periodismo

Hace poco menos de un mes miré Nightcrawler, una película con ‎Jake Gyllenhaal‎ que acá fue rebautizada como Primicia Mortal. Cuenta la vida de un sociópata que un día descubre que las rondas nocturnas de los camarógrafos que venden videos a los noticieros puede ser su trabajo ideal.

Así, empieza a patrullar las noches de Los Ángeles en busca de accidentes de auto o crímenes para tener los videos más impactantes y hacerse un nombre dentro de la industria. Pronto descubre que mientras menos respeto tiene por la raza humana, mejor le va. Y mueve cadáveres para componer mejor la imagen, y busca siempre que la sangre brote, y esconde material a la policía porque primero la primicia.

Muchos aún viven en el mundo del Nightcrawler. No solo los medios sino también la gente, porque siempre hay audiencia para el morbo. Pero algo cambió: si antes la empatía era una clara desventaja -nadie empático podría hacer lo que Gyllenhaal‎ hace en la película- hoy creo que aporta valor.

Muchos medios hoy son conscientes de esto y buscan aportar algo positivo al mundo. Poco a poco equilibran lo que rinde con lo que vale y de resultas la industria se alinea con la evolución social del mundo. Pero es sabido que hacer un cambio rotundo dentro de una institución es más difícil que hacerlo en la propia vida. En el año 2019 yo intenté reunir los dos mundos en un modelo híbrido: algunas coberturas que hice las armé yo, y otras las coordiné con medios. En algunas iba a mi tiempo, en otras al tiempo del medio. Por supuesto, no gané plata con los viajes -más bien invertí- pero sí gané experiencia.

De esa experiencia resulta mi decisión de intentar realizar un periodismo que no dependa exclusivamente de un medio para existir. Un periodismo que publique en medios sin problemas, que se nutra de ellos y amplifique la información, pero que se desmarque de sus propios procesos y apuros.

Este es un video que hice a comienzos del 2020. Todavía no había caído la pandemia y yo tenía planes de cubrir el conflicto en Medio Oriente. (Lo hice).

Para hacer una cobertura siempre se va a depender del dinero porque producir, viajar, comer, dormir… todo eso cuesta plata. Sin embargo, ¿no existe la posibilidad de que ese dinero surja del propio interés o compromiso de la gente? Dinero destinado a buscar la información, no a generar contenido que trackee.

Me gusta decir que hago #UnderPeriodismo: periodismo no estandarizado, libre de las formas o procesos de trabajo propios delas redacciones; periodismo como acto creativo y no como producto industrial. Es un concepto inventado que resulta de la mezcla de dos convicciones: que el mejor método de trabajo para cada historia y para cada periodista depende siempre de cada historia y de cada periodista; y que el periodismo comprometido con la realidad o con el otro, así como el amor, no se elige. Sucede. 

El periodismo es, como diría Octavio Paz, la aceptación voluntaria de una fatalidad.

Por eso me puse a pensar en un nuevo modelo híbrido en el que el apoyo económico al periodista provenga en parte de los proyectos que uno pueda vender (proyectos que representen con nobleza el trabajo que uno quiere hacer), y en parte de la gente que cree que es importante contar algunas historias, sin importar que parezcan lejanas. Un modelo en el que la audiencia puede apoyar una cobertura en particular (mía o de otro periodista). Un apoyo a un plan concreto. De este modo, quien participe lo hace sabiendo exactamente con qué está colaborando. Una cobertura bancada por quien la quiera bancar. 

A principios del 2020 por ejemplo hice la primera Cobertura Abierta. Destino: Medio Oriente. Y funcionó: mucha gente me apoyó para que pudiera hacerla. Conseguí mi visa para Siria, viajé hasta el Líbano, comencé a contar historias, y de pronto cayó la pandemia. Todo lo recaudado y más se fue en intentar volver al país. La cobertura quedó trunca, pero el modelo no. Por eso me propuse extenderlo.

El periodista freelance de zonas de conflicto por ejemplo vende sus notas a quien puede porque depende de ese dinero y porque quiere hacer llegar la información. Pero muchas veces no llega ni a cubrir los costos de estar ahí. Eso genera que tenga menos poder sobre su contenido. 

Con este nuevo modelo, gracias al apoyo de la gente, puede tener más control para publicar del modo que le parece conveniente, y a su vez ofrecer un contenido directo y sin intermediarios a sus colaboradores inmediatos, a los que creen en su trabajo. Obviamente, el modelo se aplica a todo tipo de coberturas.

Para eso estarán las “Coberturas Abiertas”. Son coberturas financiadas de manera colectiva en las que la realización de proyectos dependen del apoyo de la gente. Cada periodista que sea parte armará una cuenta propia de Mercado Pago y ofrecerá retribuciones a sus propios aportantes.

Cada uno puede aportar mucho, poco o nada. En mi caso, las coberturas seguirán siendo públicas. Lo que pensé no es una manea de ganar plata ni armar un medio. Es simplemente un nuevo modelo de periodismo que relaciona directamente a las personas con el periodista. Y no se limita a coberturas: también se publicarán notas hechas sin financiación y quienes las valoren y las disfruten, pueden ofrecer un apoyo único a esa nota. Pagar, por ejemplo, 100 pesos al autor como gesto de valoración.

Yo soy menos ducho en pensar formatos y mecanismos que en viajar y contar lo que pasa en los lugares. A mí me gusta eso, me gusta escribir y me gusta escuchar. Siento una pasión inmensa por lo que hago. Desde hace tiempo, es lo único en lo que pienso. Quiero contar. Quiero estar al lado de las personas y contar. Servir para algo. Pero me junté con gente creativa y juntos se nos ocurrió que lo que sirve para uno, puede servir para muchos.

La sociedad busca el éxito, no el compromiso. Yo no quiero que esto sea un éxito, quiero que sea algo nuevo y extraño y que tal vez termine por funcionar. 

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