Lo que veo desde mi ventana

Detesto lavar platos. Si por mí fuera, cada vez que usara uno lo tiraría al piso como he visto que hacen los griegos cuando festejan. Incluso creo que bailaría al barrer, porque barrer no me molesta en absoluto. Haría del fin del plato sucio una celebración. Pero heme aquí, tan para nada griega, otra vez almorzando, ensuciando, teniendo que lavar.

La bacha de la cocina está pegada a una ventana desde la cual, al ser este un piso alto, se ven varias terrazas. Mientras espero que el agua empiece a salir caliente, miro. A esta hora casi siempre está el mismo muchacho, el que sube con su soga, dos mancuernas, hace ya unos días sin remera y en short de fútbol. La suya no es una terraza ambientada, no hay pileta ni parrilla ni donde sentarse, es piso nomás. Rectángulos color bordó a medio pintar y paredes blancas y sucias. Serán treinta metros cuadrados. Piso, parapeto, tres equipos de aire acondicionado y a un asomo, rodeado de urbe, el abismo. En ese espacio, el muchacho hace actividad física después del mediodía, y yo miro.

Hoy tiene un short negro, ayer uno rojo. Sólo se ejercita, no toma sol, no contempla, no se lleva nada para leer ni mira las ventanas. Primero salta su soga, jamás lo vi tropezar. Después levanta las mancuernas. Unos quince, veinte minutos y se va. A veces pienso que si miro con la suficiente energía, con la pupila robóticamente enfocada, se va a dar vuelta, va a contar los pisos señalándolos y me va a tocar el timbre. A veces pienso que alcanzo a escuchar sus gemidos de esfuerzo, pero me miento, no escucho nada. Sólo puedo ver e imaginar.

Hace algunas semanas identifiqué el edificio donde vive, aunque hasta ahora no nos cruzamos ni una vez. De cualquier modo, no sé si reconocería al muchacho. Hay días en que me arreglo un poco para pasear a los perros por si justo sale de su casa, me mira, lo miro, nos gustamos y caminamos juntos; y en algún momento, en plena confusión por la supuesta espontaneidad, por una espontaneidad que jamás le contaré que produje, nos enamoramos. Por si justo sale de su casa me mira lo miro viene a la mía y luego se va, y al día siguiente, mientras lavo y observo, sus ojos al fin apuntan a mí. Y así comenzamos una relación fresca, hermosa. Tenemos sexo primero de manera frenética, nos contamos travesuras; luego romántica, nos decimos cosas lindas; luego mecánica, ya no hay mucho que decir. El frenesí se evapora, no queremos encontrarnos, mirar por la ventana me resulta incómodo. Pero hasta ahora no nos cruzamos ni una vez.

Para cuando termino de lavar los platos, el muchacho por lo general está estirándose. Se apoya en una pared y elonga. Después agarra sus cosas y se va. Yo vuelvo a sentarme frente a la computadora. Vuelvo a concentrarme en el trabajo. Vuelvo a ensuciar. Acumulo tazas de té a mi alrededor que se fosilizan, que lavaré más tarde, cuando termine la cena, sin mucho más que noche que mirar desde la ventana.

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