No venimos de los barcos: historias de migrantes para corregir prejuicios

Hay una frase muy gastada en Argentina, esa que dice que descendemos de los barcos. Muy recordada también en algunas notas cuando se acerca el 4 de septiembre, Día del Inmigrante, para señalar que hay otras migraciones que no llegaron en barcos sino en aviones o micros, y es cierto. Sin embargo seguimos eligiendo creer que “las bases” son europeas. El principal dato que sostiene este argumento es que la migración europea fue la primera y la más grande. Y es así en parte solamente: fue masiva pero no fue la primera. En 1914 se registró la tasa migratoria más alta, 26% de migrantes provenían de Europa, pero desde hacía tiempo ya existía una corriente, baja pero constante hasta el día de hoy, de migrantes de países limítrofes, que se mantuvo invisible por mucho tiempo. La razón: la fuerte presencia de españoles, italianos, polacos, entre otras nacionalidades, en la Ciudad de Buenos Aires. Quienes provenían de países limítrofes no se instalaron en Buenos Aires, recién comenzaron a hacerlo a mediados del siglo XX.

Desde 2009 el gobierno de la ciudad de Buenos Aires desarrolla el BA Celebra, una serie de festivales para visibilizar las culturas de migrantes de los más diversos orígenes, no sólo de italianos y españoles. Hay bailes, comida, música y todo lo colorido y llamativo que tienen las culturas para ofrecer. En el conurbano bonaerense existe la Feria de las Colectividades, que se trata de una serie de puestos de comida y artesanías que ocupan, en general, la plaza principal de cada municipio por unos días en varias oportunidades al año. Argentina no se reconoce racista, disfruta del “crisol cultural”, le gusta probar “comidas típicas”, dejó de decir raza a las etnias y cambió desde 2010 el nombre del 12 de octubre: pasó de Día de la Raza a Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Incluso, desde la promulgación en 2004 de la Ley de Migraciones, el país suscribe y ratifica 18 Tratados Internacionales de Derechos Humanos.

En la superficie, Argentina es un país abierto y amigable con la migración. También lo es para muchos y muchas migrantes recientes, aunque cada historia es un universo en sí mismo y poco se ajusta al imaginario común que circula sobre ellos y ellas.

Jeanette vive en Argentina desde 2011, vino para superar un mal momento emocional y darle un nuevo rumbo a su carrera de licenciada en Comunicación Social: “Vine por tierra. Nunca me voy a olvidar el día que estábamos en la frontera de Villazón y La Quiaca, me paré justo a mitad del puente, delante mío tenía a la Argentina y atrás tenía a Bolivia. Lo recuerdo todavía hoy con mucho dolor porque te soy sincera no quería migrar, no quería dejar mi país” recuerda.

Quién migra tiene la única certeza de que busca algo mejor, el resto, como dice Jeanette, es azar: “empecé a trabajar en limpieza en casas de familia por recomendaciones y gracias a Dios conocí gente interesante, buena. Para mí fue chocante no porque yo viniera de una familia rica o nunca haya limpiado un piso sino porque pensaba en mis papás que me sacaron profesional y ahora tengo que limpiar pisos, baños. Los primeros años fueron muy duros, bajé como 20 kilos creo. Estaba muy deprimida, me sentía completamente sola, no tenía familia acá. Trabajaba desde las 6 de la mañana a las 8 de la noche, los domingos hacía apenas mis cosas y el lunes de vuelta al trabajo. Sentía que el trabajo me estaba embruteciendo. Ahí me sugirieron que estudie enfermería, instrumentista, cuidado de personas adultas. Buscando encontré la carrera de locución, algo más relacionado a mi profesión, que si bien no la estaba ejerciendo podía tener una especialidad”. Hoy Jeanette ya no trabaja en casas de familia pero reparte su tiempo trabajando para una empresa de limpieza de oficinas y como freelance para medios bolivianos y locales.

Deissire recibió la visita de su hermano y de su madre.

Carlos, de Luanda, Angola, se presenta diciendo que su lema es “vivir el día a día”, igual que Willy, venezolano. Ellos, aunque posiblemente no se conozcan, comparten la ciudad que eligieron de destino y la opinión de que su viaje es una aventura para ganar experiencia y armar la vida que soñaron. Carlos vino dos veces, primero siguiendo a su familia por trabajo, regresó pero dejó un amor y ese fue el motivo de su vuelta algunos años después. Dejó sus estudios en Relaciones internacionales y su familia: papá, mamá y hermanos. Una vez acá cambió de carrera por Administración de Empresas y vivió primero en José C. Paz y luego en San Miguel para instalarse junto a la familia de su pareja. Después de un tiempo tuvo que decidir: “la economía del país se puso más difícil y tenía que elegir entre trabajar más o estudiar”. Varios años después Carlos sigue en en el mismo trabajo con la intención de retomar sus estudios universitarios. “En el día de hoy puedo decir que estoy establecido, que entre los dos pudimos lograr nuestra casa propia. Resumiendo, todavía tenemos camino pero estamos bien incluso con la cuarentena, porque mi oficio es presencial y al no poder ir tuve una reducción del salario”. 

El conurbano se presenta para muchos y muchas migrantes como un territorio de oportunidades laborales, tranquilidad, pero principalmente como un lugar donde hacer amigos y amigas, establecer una nueva familia. Deissiré también es licenciada en Comunicación Social y vino desde Venezuela en 2011 por una beca que ganó para doctorarse en Argentina. “Vine a vivir al conurbano cuando empecé a estudiar en la UNGS (la Universidad Nacional de General Sarmiento, ubicada en Malvinas Argentinas). Un compañero con el que habíamos venido juntos por la beca se había mudado a San Miguel, me dijo que era un municipio re lindo, tranquilo y el nivel de vida era más económico que en Capital. Quería hacer una apuesta grande, aportar no solo conocimientos sino también miradas. Cuando empecé a dar clases me di cuenta que el conurbano me necesitaba. Tenía mucho más sentido estar acá que quedarme en Capital y tener una vida más citadina”. Hoy, luego de cambiar su plan inicial de recorrer Latinoamérica estudiando y dando clases, se instaló con su pareja en Moreno donde construyó su casa y sigue trabajando y estudiando sobre interculturalidad, migración y género.

Willy es joven, decidido y enfocado. Salió de Venezuela hace dos años, a los 23, luego de recibirse de Ingeniero Mecánico. Vivió en Ecuador, Perú y Chile. Argentina no fue su objetivo, las circunstancias de sus viajes lo trajeron acá y le gustó. “No sé si los argentinos son tan amables con los migrantes de otras nacionalidades, a mí me tratan muy bien. Sí no te la hacen tan fácil con el trabajo en blanco o en negro”. Cuando arrancó la cuarentena, la heladería donde trabaja cerró por cinco días, “me pagaron menos pero me pagaron. Fue difícil porque me estaban dando plata sin trabajar”.

Ahora quiere volver a Venezuela a estar con su novia y regresar juntos, “me gusta mucho San Miguel. Fui (a Venezuela) en 2019, nos comprometimos y ya llevamos un año y dos meses sin vernos. El plan original era que ella termine sus estudios y se venga, pero este virus cambió todo”.

En Argentina a Willy lo recibieron tíos que habían venido dos años antes, “yo viajé solo pero sabía que alguien me esperaba acá, no sé cómo hicieron esas personas que vinieron solas. Alguien que llegó aquí o a cualquier país solo sin nadie, es increíble para mí”.

Sobre ese viaje solitario Jeanette sabe y lo comparte con el mismo temblor en la voz que fuego en la mirada: “Si conversas con personas que hayan migrado hace 40 años o hace un año, por mucho que hayan venido a lo de un familiar o con la seguridad de un trabajo, no sabes si te vas a adaptar, si te va a ir bien en el trabajo, si vas a seguir vivo o viva al cruzar la frontera, si vas a poder volver”.

Muchas personas que viven en la Argentina hace por lo menos una década, posiblemente no tenían planes de quedarse más de un año, pero las circunstancias y las posibilidades fueron cambiando sus destinos.

Carlos vino de Luanda, Angola. Prefirió no mostrar su cara en las fotos.

Jeanette empezó a perder el miedo y a ganar confianza cuando recuperó su carrera al estudiar locución y al relacionarse con otros migrantes profesionales: “Conocí a otros hijos de bolivianos que estaban organizándose por los derechos de los migrantes. Luego ocurrió lo de Ni Una Menos en Argentina y surgió Ni Una Migrante Menos. En las estadísticas de femicidios no figuran las migrantes, sí figuran en las estadísticas delictivas pero no en las pérdidas humanas que sufren los bolivianos o de cualquier otra nacionalidad. Ahí empecé a interesarme más por la temática migrante, siempre con una mirada en derechos humanos y de género”. Ella dice que es callada y habla bajito “como la mayoría de los bolivianos” pero hoy se la escucha con una convicción fuerte entreverada en su voz liviana: “Empecé a proyectar día a día. El estar pendiente de una agenda binacional te obliga a tener una mirada regional, pienso que quién hace el seguimiento de otras realidades tiene un abanico más amplio como profesional, esa es mi fortaleza”.

La migración representa un desafío para los países receptores, algunas concentraciones migrantes ejercen una presión extra sobre servicios públicos que en muchos casos ya se encuentran debilitados por otras razones. Sin embargo también hacen importantes contribuciones que no se ven sino a largo plazo. Algunos estudios como el de Migración y Economía de Ian Goldin y colaboradores de la Universidad de Oxford estiman que las migraciones contribuyeron al aumento del PBI en muchos países, al mejor desempeño de algunas industrias, al intercambio cultural y a la innovación. Los migrantes suelen ser más jóvenes que la población local y su formación y educación fueron pagados por su país de origen. En Argentina, entre 2018 y 2020, la franja etaria más numerosa de residentes extranjeros fue de los 15 a los 35 años.

Según el Informe de las Migraciones en el Mundo 2020 de la OIM (Organización Internacional para las Migraciones) en los últimos años han habido soluciones de éxito sobre problemáticas asociadas a la migración como la erradicación o disminución de enfermedades y la desnutrición infantil. Pero han pasado desapercibidos por el aumento a nivel internacional de los discursos polarizados y de una mirada distorsionada y negativa, dejando poco espacio para un debate más responsable con datos empíricos y argumentos de peso. En el mismo informe se reconoce que la migración sigue siendo un fenómeno inusual, apenas un 3,5% de la población mundial se moviliza, de todas maneras ese porcentaje representa a 272 millones de personas en el mundo.

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