Territorios no Autónomos: colonialismo del pasado sucediendo hoy

1. Vestigios del colonialismo: arde el Sahara Occidental

Un campo de refugiados en el Sahara Occidental, tras la ofensiva de Marruecos para desmantelarlo. Fuente: CNN 2010.

Familias separadas, tragedias y una larga espera por un referéndum que no llega. Entre 100,000 y 200,000 refugiadxs viven en campos cerca de la ciudad de Tindouf en el oeste de Argelia, no muy lejos de las fronteras con Marruecos (1 -las referencias numéricas se pueden encontrar al fin de la nota, en la bibliografía-). ¿El motivo? El caos que reina en la tan disputada región del Sahara Occidental, un territorio considerado como “no autónomo” por las Naciones Unidas que todavía pelea por su independencia.

Para entender un poco el porqué de las tensiones, es preciso aclarar primero el contexto de esta región. El Sahara Occidental es uno de los tantos territorios que fue blanco del colonialismo en la repartija de África en el siglo XIX y XX. España fue el país que se quedó con esta porción hasta 1975, cuando emprendió su retirada, dejando la situación en manos de Marruecos y Mauritania. En 1973, un movimiento guerrillero socialista llamado El Frente Polisario se formó para librar una guerra por la independencia y establecer la autoproclamada República Árabe Saharaui Democrática (2).

En 1991 se alcanzó una tregua entre Marruecos y el movimiento guerrillero que estableció que se celebraría un referéndum para decidir si el pueblo del Sahara Occidental elegiría la independencia o la integración total con Marruecos. El referéndum no fue otra cosa más que una ilusión. 29 años han pasado y las dos partes todavía no pueden llegar a un acuerdo sobre quiénes serían los que integrarían a la “población autóctona” habilitada para votar, ni tampoco quieren ceder sus pretensiones sobre la región.

El conflicto dejó a Marruecos en control de alrededor del 80% del territorio en disputa (y muy a menudo ejerce operaciones violentas). Miles de saharauis viven en una situación de desplazamiento prolongado y en condiciones de vida inhumanas (3).

Las heridas del colonialismo están a la vista.

2. ¿Territorios no autónomos o colonias del siglo XXI?

Estos son los 17 territorios no autónomos que quedan en el 2020. Fuente: ONU.

Por más increíble que parezca, hoy en día casi dos millones (4) de personas viven bajo dominio colonial en alguno de los 17 territorios no autónomos (que son casi el equivalente a toda la provincia de Mendoza, en Argentina). Un “territorio no autónomo” se define como un territorio en el que el pueblo “no ha alcanzado todavía la plenitud del gobierno propio” (Cap. XI Carta ONU) (5). En otras palabras, colonias.

Lo irónico es que, aunque este sea el panorama actual y todavía quede mucho por hacer para que aquellas poblaciones alcancen su independencia, a lo largo de los años se ha avanzado bastante en materia de descolonización territorial. Por ejemplo, en 1946, en la lista de la Asamblea General de la ONU, se incluían 72 territorios en los que habitaban 750 millones (6) de personas (¡casi dos tercios de la población mundial de ese entonces!).

¿Y los países colonizadores qué? Dentro del derecho internacional, se estableció que los conquistadores serían las “potencias protectoras” de estos territorios, que administrarían a las colonias y que reconocerían “que los intereses de los habitantes estarían por encima de todo”. Sin embargo, la realidad de muchas colonias ha puesto en evidencia que las potencias han adoptado políticas extractivas, impuesto su cultura y su modos de vida, afectando profundamente la identidad cultural de la población nativa y generando disrupciones en su ambiente. Nada novedoso con respecto al colonialismo del pasado.

De los 17 territorios que quedan en la actualidad, 10 pertenecen a Reino Unido, 3 a Estados Unidos, 2 a Francia, 1 a Nueva Zelanda y el Sahara Occidental, que pertenecía a España y de lo que hablamos en el punto 1. La situación en cada caso varía: existen situaciones que son alarmantes en términos del caos y conflicto sociopolítico, tal como el caso africano, donde la población pide a gritos un referéndum que les permita independizarse. Por otro lado están por ejemplo los territorios británicos de ultramar, donde aún teniendo un referéndum han optado por seguir siendo colonias.

Para comprender la complejidad del camino hacia la independencia de los territorios no autónomos es imprescindible tener presente la existencia del principio de autodeterminación. Este principio no es otra cosa que “el derecho de un pueblo a decidir sus propias formas de gobierno, perseguir su desarrollo económico, social y cultural, y estructurarse libremente, sin injerencias externas” (7). Ha sido un pilar fundamental en materia de descolonización, y llevó a que muchos pueblos alcancen su independencia en el siglo XX.

3. Cuando la libre determinación no es tan libre

La aplicación de tal principio en los casos que quedan es compleja y hasta controversial. Sin ir más lejos, miremos la situación en Malvinas. ¿Es válida la libre determinación dictada por una población implantada (kelpers), en un territorio que previamente había sido usurpado? En 2013 se realizó un referéndum administrado por el gobierno local sobre la soberanía de las islas, donde se les preguntó a lxs habitantes si querían seguir siendo una colonia británica. El resultado fue contundente: 99.83% de lxs isleñxs votaron a favor (8). Argentina (y muchos otros países de la comunidad internacional), sostienen que en ese caso el derecho de libre determinación no tiene validez porque la población no es verdaderamente nativa ya que el Reino Unido, tras la ocupación de las islas en 1833, se encargó precisamente de controlar los movimientos migratorios y realizar una suerte de ingeniería demográfica. Como consecuencia, es evidente que si la ciudadanía es británica, responderá a los intereses londinenses.

4. En los zapatos de una potencia protectora, ¿para qué querrías un territorio no autónomo perdido en medio del océano?

Submarinos norteamericanos de rápida acción en la Base Naval de Guam. Fuente: USA Today 2016.

Exceptuando el caso de Gibraltar (que se ubica en Europa), y el caso del Sahara en África, el resto de los territorios no autónomos comparten rasgos similares en su geografía: pequeñas islas paradisíacas perdidas en algún punto de los océanos. ¿Por qué continuar sometiendo a estos territorios a pesar de las enormes condenas sociales y presiones políticas de la comunidad internacional para terminar con el colonialismo?

Existen diversas razones. Dentro de las mas importantes, encontramos la estratégica. Algunos enclaves e islas cuentan con bases militares que son fundamentales para la geopolítica de las potencias protectoras.

El caso de Guam, una isla de 549 km2 ubicada en el Océano Pacífico, es ilustrativo en este sentido. Guam ha sido dominada por Estados Unidos desde 1898 y desde entonces, se ha convertido en un componente central para la presencia norteamericana y su poderío en la región Asia-Pacífico. La isla es sede de la Base de la Fuerza Aérea Andersen, la Base Naval de Guam y un área de prueba y entrenamiento de armas de fuego de 984,000 millas cuadradas.

También alberga un anexo de artillería naval, una estación naval de computadoras y telecomunicaciones, un puerto base para submarinos nucleares de ataque rápido y, desde 2013, un prestigioso sistema de defensa de misiles más conocido como (THAAD) (9). 

Un hombre chamorro en Guam. Fuente: Indianz 2017.

En total, este complejo militar ocupa alrededor del 30% del total del territorio isleño y tiene un impacto importante en la vida de la población indígena (lxs chamorros nativos conforman el 37% de lxs habitantes, y aunque tienen ciudadanía estadounidense, no están representadxs en el Congreso y tampoco cuentan con derecho a voto. En otras palabras, ciudadanxs de segunda categoría). Tal como lo describió el cja Leevin Camacho (de origen chamorro): “ha habido grandes cambios en los últimos años. La presencia militar en Guam es cada vez mas visible. Cada día ves un bombardero, al punto que uno se acostumbra”. El lugareño describe que algunos jets vuelan tan bajo sobre su casa por las mañanas que puede sentir el olor a combustible y ver cómo su taza de café tiembla (10).

Ni hablar de los niveles catastróficos de impacto ambiental que la militarización de la isla ha provocado. Son cada vez más las críticas y preocupaciones sobre la disrupción de la flora y fauna, la contaminación en los océanos por toda la artillería y los entrenamientos militares. El impacto que está teniendo todo esto sobre los arrecifes y corales está comprobado (11). En síntesis, la población colonizada está lejos de beneficiarse del comportamiento de su potencia protectora.

Otra de las grandes razones que motivan a los colonizadores a retener estos territorios tiene que ver con el interés económico. Si bien es cierto que muchos de estos territorios de ultramar no poseen abundantes recursos naturales (y de hecho, hasta en muchos casos son bastante escasos), sí habilitan la existencia de importantes paraísos fiscales. Numerosas empresas, bancos internacionales y financieras que intentan evadir impuestos o realizar operaciones fuera del radar estatal aprovechan las bajas tasas impositivas y las laxas regulaciones de territorios no autónomos como Anguila, Bermudas, Monserrat, o las Islas Caimán. En estas últimas, que tienen una población de aproximadamente 60.000 habitantes, hay sedes de 600 bancos, 9.000 fondos de inversión y 90.000 empresas (12). Los territorios no autónomos son entonces los lugares perfectos para operar sin escrutinio.

6. ¿Y por qué este tema importa?

Simple y claro: la descolonización es un imperativo ético, moral y político ligado a una cuestión básica de derechos humanos. Las comunidades y poblaciones alrededor del mundo tienen el derecho de poder determinar su modo de vida y ser artífices de su destino sin injerencias externas. Como bien se sabe, los procesos de colonización operan codo a codo con el abuso de derechos humanos, no solo políticos, sino también culturales, sociales, económicos y ambientales.

Por otro lado, el colonialismo, ya sea en su versión siglo XIX o siglo XXI, viene siempre de la mano del racismo. Históricamente ha sido el hombre blanco el encargado de exportar su civilización al resto del globo, otorgándose a sí mismo el derecho de intervenir en cada rincón habitado por “el otrx” diverso (jerárquicamente “inferior”). En un mundo donde el trabajo de los movimientos sociales anti-racistas es cada vez más fuerte, y donde la deconstrucción colectiva alcanza niveles sin precedentes, la situación de los territorios no autónomos debería ser parte fundamental de la agenda.

Lamentablemente estamos finalizando el Tercer Decenio Internacional para la Erradicación del Colonialismo (2011-2020), y todavía quedan 17 deudas pendientes. O heridas abiertas. El proceso de descolonización se ha estancado, y en gran parte se debe a la postergación que este tema tiene en la agenda internacional, y a que las presiones globales parecen ir quedando en el olvido.

Y es precisamente el olvido una de las grandes consecuencias del colonialismo. La dominación cultural y la consecuente imposición de una ‘historia única’ contada por el vencedor penetra tan profundo, al punto que las mismas poblaciones indígenas terminan sepultando su propio relato.

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